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Vida social entre rondas

 Leopoldo era un hombre algo excéntrico. A sus 43 años vivía con su anciana madre, quién dio a luz pasados los 35. A Leopoldo le apasionaba todo lo que tenía que ver con el ajedrez, su habitación estaba llena de fotografías de sus jugadores favoritos, Bobby Fischer, Garry Kasparov, Mihail Tal, etc. Todas las noches, le encantaba leer historietas de los clásicos, las manías de los jugadores, los tipos de vida que llevaban… a veces pensaba que lo que le interesaba realmente era ese tipo de curiosidades, y no el ajedrez como tal.

No disfrutaba en exceso de participar en torneos, la competición no era lo suyo. En su club tampoco lo tenían demasiado en cuenta, Leopoldo solía ofrecer tablas en las primeras jugadas incluso en las rondas decisivas de los por equipos, lo que enfurecía al resto de sus compañeros. No obstante, ese día se había levantado con la sensación de que todo iba a ser diferente. Vestido con una camisa de cuadros y unos pantalones algo más anchos y largos de lo que su figura exigía, con una pajarita de cuadros negros y blancos, emulando un tablero de ajedrez, se sentía entusiasmado porque empezase la contienda.

Agustín, un compañero de club que jugaba un par de tableros por encima de Leopoldo en su equipo y se creía Einstein, se acercó para saludarle.
-Mira a quién tenemos aquí, pero si es Leo, ¡el carpintero del equipo!-

Era el mote que le habían puesto sus compañeros, debido a que hacía muchas tablas, un mote de lo más simple y cansino.
-No me dedico a la carpintería Agustín- Contestó Leopoldo, algo serio, estaba un poco harto de ese mote ya que lo había escuchado demasiadas veces.
-Vamos Leo, no te lo tomes así, es un apodo cariñoso- Dijo Agustín mientras se encogía de hombros, luego se fue a saludar a otros jugadores.

La mañana empezaba como de costumbre, no le sorprendía en absoluto la escena, pero no por ello le dejaba de molestar. Leopoldo se acercó a ver el ranking inicial cuando le abordó otro conocido suyo, en este caso, de un club diferente.
-¡Buenos días!, ¿qué tal?- Comentó en tono enérgico Jorge, un hombre de mediana edad y algo obeso, a diferencia de Agustín, este era el prototipo de persona “maja”.
-Hola, muy bien, ¿cómo estás tú?- A pesar de que su interlocutor era simpático, a Leopoldo se le hacía cuesta arriba este tipo de conversaciones triviales, pero no quería ser desagradable.
-Matando el gusanillo, a ver si hacemos algún punto, ¡el torneo está muy duro!- Sin más, Jorge desapareció tal y como había venido.

Leopoldo se acercó por fin al ranking, vio que había 3 jugadores titulados y algunos aficionados fuertes por arriba, pero nada del otro mundo como había dicho Jorge, supuso que se trataba de una coletilla colectiva que se utilizaba a modo de matar el silencio. Quiso salir de la sala un momento, a tomar el aire, pues el torneo se estaba retrasando como solía pasar. En la puerta, se encontró con Adolfo, un chaval de 25 años que jugaba en el tercer tablero de su equipo.

No laughing matter: Fear of clowns is serious issue

-¿Cómo estamos máquina?- Era el saludo habitual de Adolfo.
-Buenos días, he venido porque quería poner en práctica mis nuevos análisis acerca de la apertura Philidor- Dijo Leopoldo, queriendo salir de la avalancha de tópicos habituales.
-Qué friki, jeje, yo he venido a pasarlo bien, lo importante es disfrutar- Dijo Adolfo mientras le daba un trago a su refresco.

-Tengo otras actividades en el día para disfrutar, a pesar de que hago muchas tablas, me gustaría superarme y competir mejor- Leopoldo siempre se tenía que excusar por el tema de los empates.

-¡Qué raro eres! En la vida hay muchas más cosas importantes como para tomarse el ajedrez en serio-
-¿Qué cosas importantes resaltarías de tu vida, Adolfo?- Preguntó Leopoldo ya algo cabreado.
-Ya empieza la ronda, ¡nos vemos en el tablero Leo!- Dijo Adolfo, y se marchó, haciendo caso omiso a la pregunta.

Todos entraron en la sala, charlando animadamente de con quién les tocaba, del clima que hacía, de lo que comieron el finde semana pasado, y de lo difícil que era ajedrez. Leopoldo miró abatido el panorama. Él no encajaba en aquel lugar, ni en casi ninguno. En el fondo de su ser, se preguntaba de forma genuina si de verdad era su culpa, o es que la vida social simplemente consistía en un gran teatro y no en una forma de comunicación.

Ese día se había levantado con buenas sensaciones, pero una vez más, plantado mirando al horizonte, empezó a preguntarse qué hacía allí. Una fina lluvia empezó a caer sobre su cabeza, Leopoldo agachó la cabeza, la levantó un segundo para mirar de nuevo al interior de la sala, y dio media vuelta para irse a casa, no tenía humor para jugar.

-Ya va a empezar la ronda- Le dijo el árbitro del torneo -Aunque ya sabes, los últimos serán los primeros, jeje- Pero Leopoldo se fue sin contestar, ya había tenido suficiente por ese día.

 

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